El zar y el méndigo.

bulgarian traditional costumes

Foto: Agentur Schwimmer | Sellek Daniel

Cubierta de pintura plateada y alas con plumas de los mismos colores; sobre zancos saluda a los que se acercan a la entrada. Junto a ella otros animadores, vestidos de duendes, ángeles y un san Nicolás adornan las banquetas alrededor del edificio donde se alberga la exhibición de dibujos infantiles que el municipio ha organizado en la calle de París, número 1.

Al interior hay niños que cantan y presentan sus creaciones ante la directora general de la Unesco y la alcaldesa de la ciudad. La entrada está ocupada por familiares de los intérpretes que complementan su orgullo paternal con las vestimentas más apropiadas para competir visualmente con las apariencias de los otros padres de familia, es parte de la pragmática de las demostraciones de talento infantil.

Es difícil distinguir una persona de otra en esa masa de trajes oscuros y fotógrafos de celular, sin embargo hay un personaje que no concuerda con el resto, no parece ser parte de la escena. No es uno de los niños cantores ni parece tener edad suficiente para ser el padre de alguno de ellos. Quizá podría ser el hermano mayor de alguno de los pequeños, en todo caso es un adolescente solitario en un evento que con facilidad ahuyentaría a todos los de su generación.

Él se acerca, me pregunta la hora; tengo las manos ocupadas tratando de enfocar algo en una situación tan mal iluminada y simplemente le doy mi mejor aproximación “cerca de las cinco”. Agradece. Se va. Duda un instante y regresa con una nueva petición. Comienza a darme su dirección, me dice que vive cerca y me pregunta si puedo acompañarlo a comprar un pan. No son nuevos para mí esos cuentos, un adolescente nervioso se acerca a un sitio lleno de personas que presumen de ser más de lo que son en realidad. Un salón lleno de personajes falsos, todos ricos y exitosos de acuerdo a sus fueros personales… un objetivo perfecto para un adolescente que se ha iniciado en el mundo del crimen buscando al primer bienintencionado que se deje asaltar.

Quizá simplemente sea la interpretación a la que me orillan mis experiencias pasadas. Quizá. Ojalá.

Después de pedirme, inútilmente, dinero; se retiró. Pasó frente a los policías que estaban vigilando la seguridad del evento mientras yo me acercaba a los guardaespaldas que estaban a cargo de la seguridad del último Zar. Por un instante, la pobreza económica y social estuvo a dos pasos de la representación final de una monarquía que nunca terminó de ser. Esa cercanía de pequeño poblado, de ciudadela medieval, nos permite ver la delgadez de las capas que forman a la sociedad serdicense. Capa sobre capa forman tan solo una delgada película que podría ser perforada con la frágil punta de un lápiz, una estratificación tan delgada que permite compartir espacio y lugar a un joven que inicia una vida sin grandeza y a un hombre que está al final de la realeza.

Todas las sociedades están estratificadas, esa no es la discusión, el caso de Sofía es peculiar por la delgada diferenciación que existe entre cada capa. Quizá, como ya he marcado con anterioridad, la falta de interés por acentuar la individualidad vaya más allá de las decisiones personales como pareja, moda, carrera y se refleje en las maneras utilizadas por los elementos de la democracia formalizada para interactuar con la población.

Sin embargo, dentro de los particulares existe la misma dualidad entre igualdad y distancia. Las actividades que realizan los individuos adinerados del público general no están del todo alejadas de aquellas que son disfrutadas por las personas que tienen problemas para cubrir las cuentas de sus gastos básicos. Es como si no existiesen alternativas para el desarrollo, la creación o la existencia; la única división se encuentra en el presupuesto que cada individuo asigna a tales actividades, generando así “el problema” más popular de la identidad de la comunidad: la incomodidad que todos sienten ante el hecho de que el kitsch y “la chalga” por un lado y el utilitarismo del otro sean los elementos más representativos de la estética local actual.

Indico la estética, no la cultura y mucho menos aquello que formalmente se conoce como tal, esto a pesar del hecho que dentro del mismo recinto se encontraba la directora de la más importante estructura gestora de cultura en el mundo, UNESCO y paradójicamente, a pesar del ejemplo, la sociedad local no pudo elegir a un director apropiado para su propia institución, el ministerio de cultura. Pero esa es otra historia que, a pesar de su posible relevancia nos distraería del punto que quiero mostrar.

Al final del evento un grupo infantil con trajes típicos cantaba canciones tradicionales de la región. Una escena que se puede ver repetida a través de diferentes culturas y tiempos. Canciones conocidas, con trajes que son muestra de un código conocido en el que los “valores tradicionales” de las sociedades patriarcales son representados. Una imagen no muy lejana a la de aquellos que escuchan “música clásica” o que buscan identificarse con cualquier forma de expresión/entretenimiento que sea considerada por la sociedad como una actividad “seria y respetable”. Siempre ubicada algún pasado remoto que desde el tiempo de Hesíodo ha sido siempre considerado como mejor que el día hoy.

Quizá eso explique el atractivo que tiene aún para los locales el estilo de vida de las generaciones pasadas. Quizá también eso explique la inconmensurable cantidad de estaciones de radio y otras situaciones en que se escucha música que no tenga menos de treinta años de antigüedad. Quizá, quizá, quizá lo único que por el momento necesitan los locales es tener representaciones que eviten el desarrollo de la individualidad y que fomenten el crecimiento de una comunidad llana, unida por los mismos valores, los mismos vestidos y las mismas canciones. Quizá sea así, quizá debería haber denunciado al presunto (méndigo) asaltante, quizá también debería haberle dado dinero al joven mendigante.

Quizá.

Sellek Daniel

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