Breve introducción al origen de los derechos de autor.

Estatuto de la Reina Ana

El Estatuto de la Reina Ana determina que los autores tienen derecho a explotar su obra.

En un mundo donde todo puede ser copiado y revendido sin el consentimiento o conocimiento de su autor, el rol de los derechos de autor es natural y obvio. Estos cubren la necesidad que los creadores tienen de protección a su obra para poder dedicarse al desarrollo de ésta y poder subsistir a través de la misma. Es claro, en este contexto, que los derechos de autor protegen y promueven el desarrollo de nuevas ideas.

Sin embargo las cosas no han sido siempre así. Cuando la capacidad para reproducir objetos e ideas era mucho más limitada, no había una razón clara para dar origen a la existencia de los derechos de autor. ¿Cuál podría ser la ganancia en evitar que alguien copiase la obra de otro autor? Duplicar un trabajo era una tarea que requería un esfuerzo tan grande que, por el hecho de apoyar su permanencia y difusión, un autor podría más bien estar agradecido de que alguien se interesara tanto en sus ideas para que le dedicase una cantidad inmensa de recursos a su reproducción. Más aún, las copias mismas serían escasas y por el mismo proceso de copia, no serían réplicas fieles al original.

La introducción de la imprenta (ca. 1440) cambió el estado de las cosas. Ahora la dificultad para producir copias era significativamente menor que la de generar una obra original. Es en este momento en el que comienza la tensión y la preocupación por las copias “no autorizadas”.

Durante la década de los cincuenta del siglo dieciséis, en Inglaterra y en España se legisló a favor de la creación de controles para la impresión y distribución de libros. En ambos casos el beneficiario era la imprenta y no el autor. Cabe decir que la intención de estas leyes no era directamente la protección ante la copia ilegal de materiales o piratería como le conocemos; su principal objetivo era controlar los libros que serían impresos, es decir, censurar la producción editorial. Una de las razones que dieron lugar a este movimiento fue el auge del protestantismo, ya que los libros fueron considerados el vehículo más poderoso para la distribución de “la plaga herética”.

La manera en que eran administrados los derechos directamente a las casas editoriales promovió la monopolización a través del control de licencias para la impresión. Las imprentas tenían derechos exclusivos y permanentes sobre la obra de los autores que editaban. A estos últimos les quedaba muy poco y su única alternativa era negociar directamente con la casa editora para buscar una forma de remuneración. En pocas palabras, los autores no tenían derechos sobre la copia de sus obras.

Pasaron casi dos siglos hasta que en 1710 el Estatuto de la Reina Ana se convirtió en la primera ley en dar derechos a los autores para explotar sus obras. Además, estableció el modo en que estas funcionarían en la actualidad: otorgando derecho de exclusividad por un plazo determinado de tiempo a partir de la fecha en que se ha aprobado el material como perteneciente a una obra de algún autor expreso.

Es así como la posibilidad de copiar con facilidad ha generado la necesidad de proteger las obras para su explotación exclusiva, ya sea por parte de las casas editoriales o de los creadores de estos trabajos.

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