Era un jueves cualquiera y estaba intercambiando mensajes por WhatsApp, nada fuera de lo normal. Fue entonces cuando ella compartió su perplejidad ante la idea de que hubiese personas dispuestas a pagar por imágenes eróticas de personas desconocidas; más allá de eso, demostró su disgusto al compartir la idea de que hay individuos quienes, incluso, pagan para adquirir prendas de ropa interior utilizadas por esos mismos desconocidos.
Para ella, este comercio era una aberración, un grave error sistémico, e intentaba describirlo a través de un marco de necesidades humanas: «Es como nutrición», me decía. «Es algo necesario; sin embargo, comer plástico no te alimenta».
A sus ojos, estas transacciones eran simulaciones vacías, un intento desesperado y fallido de consumir una representación sintética de intimidad. Ella observaba la práctica desde la posición privilegiada de una mujer acostumbrada a recibir atención sin esfuerzo, alguien que asume ese umbral mínimo de conexión humana como un hecho dado.
Sin embargo, desde una perspectiva analítica, este mercado no es una anomalía aislada; es trabajo sexual operando dentro de una realidad estructural muy antigua, que precede largamente la era posterior al internet. Para una persona aislada, un vínculo sintético es preferible a un vacío relacional total. Durante periodos de conflictos geopolíticos, hay anécdotas que indican que las personas que no tienen acceso a nutrientes reales consumirán papel, trozos de madera, el cuero de los zapatos, incluso lodo. El comercio de estos artefactos personales opera con los mismos mecanismos de la inanición. Es un escape de una realidad insoportable a través de una forma física, de objetos.
Este mercado depende en gran medida de una variable: la confianza en su procedencia. El consumidor requiere absoluta confianza sobre la historia de quién ha manipulado o utilizado el objeto para poder darle valor. El objeto físico en sí mismo no tiene valor en ausencia del marco de la persona a quien perteneció anteriormente. Desde una perspectiva moralista, categorizar la comercialización de estas prendas parecería una trágica falla humana. Sin embargo, es simplemente una cruda expresión del pensamiento simbólico y la búsqueda de patrones naturales para cualquier persona, incluso cuando estos nos llevan a manifestar relaciones donde tangiblemente no existen en la realidad.

Arquitectura del contagio
Para comprender por qué una pieza usada de tela adquiere un valor astronómico frente a un objeto idéntico, estéril, directamente de una tienda departamental, debemos desmenuzar la mecánica de lo que la literatura psicológica y antropológica llaman «contagio mágico». Esta es la creencia fundamental de que las características inmateriales, la historia o la esencia de una persona pueden ser transferidas a un objeto a través del contacto directo con el mismo.
Incluso la etimología del fenómeno alude a esta mecánica. El término contemporáneo «fetiche» tiene su origen en el portugués del siglo XVII con la palabra «feitiço», que se puede traducir como encantamiento, brujería o «hechizo». Es un adjetivo que denota un constructo artificial que posee una fuerza inmaterial. Cuando observamos a los actuales consumidores comprando agua de la bañera de alguna persona o ropa íntima usada, no estamos mirando una perversión moderna; estamos viendo un feitiço tradicional removido del vocabulario teológico tradicional.
Esta es la misma lógica que sustenta el marco institucional de las religiones históricas. Durante mi educación dentro de instituciones católicas me indoctrinaron a erradicar las estructuras mágicas y mitológicas de mi cosmovisión; irónicamente, esta religión trafica con la misma moneda: las reliquias. ¿Y qué son las reliquias de María Magdalena, por ejemplo, sino simplemente una calavera, fragmentos de hueso sirviendo como vínculo sintético, un puente que conecta una idea transcendentalmente abstracta con una forma física?
La misma arquitectura cognitiva se traslada sin problemas del altar religioso a la casa de subastas. En un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (2014), los investigadores George E. Newman y Paul Bloom analizaron los datos financieros de subastas de objetos patrimoniales de alto perfil, incluidas las de John F. Kennedy, Marilyn Monroe y el financiero Bernard Madoff, quien fue un financista, estafador y corredor de bolsa estadounidense, reconocido como el cerebro detrás del mayor esquema Ponzi de la historia, valorado en aproximadamente 65 mil millones de dólares.
El análisis reveló una clara realidad económica: el grado percibido de contacto físico entre el objeto y la celebridad predecía directa y positivamente las ofertas monetarias para objetos vinculados a individuos ampliamente aceptados de manera positiva. Los objetos con los que Marilyn Monroe o JFK tuvieron mayor contacto físico; objetos que tocaron sus pieles directamente o que fueron manipulados constantemente, se vendieron a precios mucho más altos que sus valoraciones previas a la subasta. Por el contrario, para una figura negativa como Madoff, un mayor contacto físico causó un efecto negativo, lo que disminuyó el deseo de los compradores por pagar, llevando al declive de los precios de estos objetos.
El aspecto más revelador del estudio de Newman y Bloom emergió de su manipulación experimental de la esterilización. En este experimento, se indicó a los participantes que realizaran ofertas para la subasta de un suéter que perteneció a una celebridad; su disposición a pagar colapsó cuando se les informó que la prenda había sido completamente esterilizada. La esterilización, dentro de sus mentes, actuó como un borrador existencial que eliminó la esencia inmaterial del individuo que le dio a ese objeto mundano su valor emocional.

El resplandor de la mugre
Esta tensión entre la pureza estructural de un objeto y su historia acumulada se manifiesta como un continuum psicológico claro con dos puntos de vista en sus extremos.
De un lado tenemos el pragmatismo absoluto, en el que una camisa, por ejemplo, está compuesta enteramente por el material del textil, el corte, la construcción y su utilidad. No puede absorber la historia de quien la ha usado y cualquier intento de agregarle valores emocionales o monetarios debido a su historia es una distorsión de la realidad.
En el extremo opuesto se encuentra una visión teleológica de la existencia, que opera bajo la asunción de que el mundo material está inherentemente estructurado en torno a intenciones y significados. Dentro de esta visión, los objetos naturalmente poseen una trayectoria y contienen un marco místico interno en el que se basan los rituales folklóricos, las supersticiones y las creencias, haciéndolos una extensión de la continuidad cotidiana.
Desde mi punto de vista, aunque sé que no hay magia en el universo, como simple humano estoy sistemáticamente atrapado en mi propia mente, eternamente buscando patrones. Es por esto que considero algunas de mis pertenencias personales como reliquias, y el momento en el que esto se prueba es cuando las pierdo: esa pérdida se siente como perder parte de mi biografía, como haber borrado archivos sin respaldo.
Es por esto que podemos trazar paralelos entre la venta de prendas íntimas usadas y la curaduría de objetos históricos, ya que el valor fetichista de un objeto puede residir en el contacto humano directo con este, así como en la acumulación histórica de tiempo en él. Esto es lo que Merrick Levene, Daisy Z. Hu y Ori Friedman (2023) nombraron «The Glow of Grime», el resplandor de la mugre.
A través de una serie de experimentos, los investigadores exploraron por qué la limpieza de una antigüedad puede obliterar su evaluación cultural y económica. Cuando un objeto histórico , quizá un antiguo ídolo cubierto en residuos de cera y humo por los rituales del templo, es evaluado, tanto los expertos como la gente común adjudican un valor más alto a la pieza sin limpiar frente a una pieza idéntica que ha sido restaurada a un estado prístino.
La información que estos investigadores obtuvieron con este estudio aísla explícitamente la razón: la preservación del «estado histórico». La reducción del valor no se debe a que la gente crea que la mugre antigua posea una utilidad física literal, sino a que la gente prefiere la idea de que el objeto ha permanecido en un estado no adulterado por el tiempo presente. Si una estatua fue limpiada en tiempos antiguos, por la civilización que la creó originalmente, entonces su evaluación permanece intacta; la limpieza se acepta como parte de su estado histórico. Pero si un arqueólogo moderno interviene con agua y jabón, la continuidad histórica se rompe. El objeto es sacado de su pasado y arrastrado a la fuerza hacia nuestra realidad actual.

La ilusión de la totalidad
Este rompimiento de la continuidad expone una mentira sistémica del mundo material. Apartándonos momentáneamente de las prendas usadas o las antigüedades clásicas, llegamos a una clara realidad estructural sobre la que escribí hace ya más de una década: todo lo que etiquetamos como «fetiches», «cultura» o «herencia» materiales son, en su raíz, simplemente un ensamblaje precario de materiales geológicos o biológicos.
En aquel artículo utilicé como ilustración Los salmos, himnos y cánticos espirituales, un libro impreso en 1651 por Samuel Green y encuadernado por John Ratcliff. Este objeto contiene valores metafísicos para un historiador y otro grupo de valores metafísicos para un devoto religioso. Pero es simplemente un objeto inestable, formado principalmente por tintas a base de carbón o hierro; sus páginas están unidas por un aglutinante orgánico o colágeno derivado de huesos y pezuñas de animales. Está envuelto en una cubierta de cuero curtido y reforzado estructuralmente con toscos herrajes metálicos. Desde el punto de vista de la preservación, esto es una pesadilla: cada componente requiere parámetros ambientales diferentes, diferentes niveles de humedad, temperatura y requerimientos químicos de almacenamiento, simplemente para evitar su descomposición.
Una respuesta pragmática sería simplemente deconstruir el libro hasta sus componentes básicos y conservar el cuero, el hierro y cada material por separado. Sin embargo, esto es imposible; no podemos reducir este artefacto a sus partes componentes debido a que su valor como objeto integrado es vastamente superior al valor de cada uno de sus componentes por separado.
Es exactamente aquí donde regresamos a los mercados en línea de lencería. Una prenda usada es simplemente la unión de hilos de algodón producidos en masa, elásticos y cualquier cosa que permanezca sobre ellos de su usuario original. Su valor material en el mercado es prácticamente cero; sin embargo, el consumidor paga un precio alto debido a que está adquiriendo un archivo de presencia integrado. De la misma manera, las reliquias de María Magdalena son invaluables dentro del círculo de creyentes católicos, a pesar de que es posible adquirir cráneos humanos por alrededor de dos mil euros en línea. Lo que añade el valor aquí es que nosotros, como humanos, nos negamos obstinadamente a reconocer que el objeto es simplemente un contenedor de elementos ideológicos dispares. Exigimos la ilusión de la totalidad.
Finalmente, ya sea que hablemos de un devoto que hace una peregrinación para poder tocar la vestimenta de un santo, de un coleccionista que paga millones por un suéter que alguna vez tocó la piel de Marilyn Monroe, o de un individuo que compra un vínculo físico con un desconocido en internet, estamos viendo el mismo impulso humano. Estamos viendo un intento de anclar nuestras narrativas, nuestro imaginario interno, a algo físico.
Todos nos pasamos la vida construyendo vínculos sintéticos. Nos rodeamos de fetiches, suvenires y reliquias porque la alternativa es enfrentarnos a un mundo material desvinculado de nuestra existencia emocional. El resplandor de la mugre es, al final, evidencia de que hemos existido.
Referencias
Newman, G. E., & Bloom, P. (2014). Physical contact influences how much people pay at celebrity auctions. Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(10), 3705–3708. https://doi.org/10.1073/pnas.1313637111
Newman, G. E., Diesendruck, G., & Bloom, P. (2011). Celebrity contagion and the value of objects. Journal of Consumer Research, 38(2), 215–228. https://doi.org/10.1086/658999
Levene, M., Hu, D. Z., & Friedman, O. (2023). The glow of grime: Why cleaning an old object can wash away its value. Judgment and Decision Making, 18, Article e25. https://doi.org/10.1017/jdm.2023.24


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