Seguro era el departamento más chico en el que he vivido. Estaba hasta arriba de un edificio de esos donde abajo hay un centro comercial en el que comprábamos el súper del día; una joya logística que nos evitaba tener una alacena real para la que simplemente no había espacio. Si faltaba algo en la cocina, bastaba con bajar en elevador. Los pisos de en medio eran oficinas; extrañamente, algunos ya habían regresado a trabajar ahí y sus voces subían desde las terrazas cada vez que salían a fumar. Encima de las oficinas construyeron los departamentos. Nosotros vivíamos en uno de éstos.
Ese espacio atiborrado era al mismo tiempo la sala, la oficina, la cocina y el estudio musical, aunque apenas medía cinco pasos de largo. Pasábamos días enteros atrapados ahí por el home office. Las laptops flotaban entre alcachofas, sandwiches y tazones de granola, mientras la mezcladora se quedaba en una silla del comedor que teníamos que limpiar si esa noche iba a haber visitas. Todavía no sé cómo le hacíamos para existir ahí; era como vivir en la jaula de un zoológico, un encierro donde hacíamos todo a la vista del otro. Tomar llamadas del trabajo mientras cocinábamos, ensayar la guitarra mientras armábamos reportes e intentar leer la última novela de Gospodinov mientras dábamos asesorías en línea. Quizás nos sostuvo la pura novedad del encierro.
En ese momento yo estaba en una especie de limbo creativo. Acababa de cerrar un proyecto de música en vivo que duró casi cuatro años y faltaban meses para iniciar a producir un nuevo EP. Eso significaba tener mucho tiempo libre para escribir y experimentar. Pero a mí la ejecución me exige un producto final; no puedo simplemente ensayar sin un objetivo, una meta que revisar, calificar, criticar y, al final, usar para odiarme un poco. Así pasaba los días. Dediqué ese encierro claustrofóbico a tocar la guitarra, algo que terminaría convirtiéndose en el EP Morning Walks, pero esa es otra historia.
Mientras practicaba, estudiaba lo que hacían otros músicos. De joven me obsesioné con los modernistas y con los etnomusicólogos. Escribía estudios larguísimos y raros para piano; Béla Bartók fue mi primera influencia seria, su obra funcionaba como un filtro implacable que dictaba si lo que ponía en el papel valía la pena o no. Era una forma de vivir muy intelectual, pero incompleta. Después de pasar años tocando en bares y clubes, también conocía la alegría simple de ver a un montón de desconocidos cantar y bailar ebrios con un compás de 4/4 y no más de cuatro acordes en toda la noche. Por eso empecé a buscar música en formato corto: canciones. Escuché muchísimas, y cada una me hacía desear saber cantar.
Pero ella podía, sin esfuerzo. Yo tengo que sudar cada nota que pongo en el pentagrama, repitiendo un riff una y otra vez para grabarlo en la memoria muscular antes de poder trabajar en la dinámica o en las capas de la partitura. Verla cantar era como ver a un extraterrestre hacer algo sobrehumano a lo que yo jamás podría aspirar. Hay una atracción inevitable hacia la gente que domina exactamente lo que uno desea pero no puede ejecutar.
Una noche cualquiera a mitad de semana, en un espacio que nos quedó libre entre las tareas del trabajo y cualquier serie de Netflix que estuviéramos viendo para engañar el cansancio, se lo propuse. A ella le gustaba Michael Kiwanuka; de hecho, haberme descubierto su música fue uno de los mejores regalos que me dio. Para evitar complicaciones, elegí una canción que ya se sabía y le pregunté: «¿Grabarías la voz para esto?».
La canción era «Love & Hate». Una melodía magnífica que se sentía vacía sin una voz. Yo estaba armando un cover acústico muy crudo, grabando dos guitarras clásicas con un toque de blues libre, por llamarlo de algún modo. Una llevaba los acordes en el fondo, ahogada en delay y reverb; encima, yo improvisaba una línea melódica para llenar los huecos de la letra, muy parecido a lo que hacía en las tocadas nocturnas en Sofía. Era un esqueleto simple y necesitaba una voz principal. Sabiendo que yo no canto ni para salvar mi vida, aceptó. Al final era un favor de cinco minutos y sabía que se lo agradecería mucho.
“Standing now. Calling all the people here to see the show”. Y vaya que fue un show. Su interpretación no tenía grandes cambios de volumen, lo cual le iba perfecto al arreglo. Ella siempre minimizaba su talento; decía que su timbre era una «voz blanca», sin color, plana. Yo no podía estar más en desacuerdo. En la grabación, los pequeños acentos que da resaltan precisamente por lo plano y constante del resto de la canción. Mi único remordimiento al escucharla ahora es no haberle echado más ganas a las guitarras.
Era una grabación improvisada. La laptop con la letra estaba en la mesa del comedor. Ella no se sentó; se arrodilló en el cojín de la silla y se apoyó en el respaldo, de frente al micrófono, leyendo el texto en la pantalla azul. Nada estaba insonorizado. No había filtro antipop. Si hoy buscara las pistas originales, encontraría el zumbido grave de nuestro viejo refrigerador y el ruido metálico de los tranvías de Sofía colándose por la ventana. Si midiera el tiempo entre cada tranvía, probablemente podría descifrar la hora exacta en la que grabamos esa pieza ultra-lo-fi. El detalle más extraño, en retrospectiva, es un momento en el que se saltó por completo una línea del verso: “I’m in the house of war”. Se siente retroactivamente deliberado; en ese entonces, ese cuadro de cinco pasos, no era una zona de guerra.
Me topé con todo eso junto hoy que decidí entrar otra vez a SoundCloud, la servilleta digital donde garabateo y desecho ideas a medias, algunas de las cuales terminan en proyectos reales mientras otras se quedan como reliquias de una época congelada. Abrí el archivo para subir mi primer intento de canto en años: un arreglo de «Bagatelle» de Yann Tiersen. Es una pieza fácil pero castigadora para un barítono malo como yo; el original está escrito tan alto que, por pura flojera, lo bajé una octava completa para no tener que andar haciendo la aritmética de transponer la partitura a un tono cómodo.
El contraste técnico entre las dos grabaciones es brutal. La pista de hoy es buena; la mezcla es limpia, los instrumentos se separan con precisión y el bajo inunda el fondo de la canción exactamente como debe ser. Pero el canto, mi canto, es espantoso. Incluso usando el mismo micrófono que hace cinco años, durante cinco minutos, capturó el regalo efímero y gratuito de un talento «extraterrestre” que ni siquiera valoraba su propia voz, hoy sólo recibe el lamento pesado de un barítono. Es un recordatorio crudo de cómo pasa el tiempo; porque aunque uso casi el mismo equipo, mi experiencia técnica ha seguido creciendo. Pero ser mejor productor es un consuelo muy pobre cuando te ves obligado a cantar solo, con una voz ronca y desafinada. No entiendo por qué la vida avienta estas metáforas inútiles, post-factum.
En ese entonces, las vibraciones en el cuarto decían: “I believe she won’t take me somewhere I’m not supposed to be”. Hoy, mi propia voz canta la secuela: “Où m’as-tu mené?”
Daniel Sellek, 2026


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